Estas vidrieras daban una luz tamizada a unos espacios interiores enormes cuando no existía la electricidad, teniendo sólo las velas para alumbrarse.
La luz se disipaba al atardecer, por lo que era inusual que hubiera ceremonias por la tarde. Esta fue una de las razones por las que las misas durante siglos se decían sólo por las mañanas, además de guardar ayuno desde las 12 de la noche del día anterior todos los comulgantes, incluidos los sacerdotes. No fue hasta 1953 que Pío XII permitió algunas misas vespertinas y en 1957 permitió que los obispos pudieran autorizarlas también por la tarde en determinados casos. Antiguamente, la misa no podía celebrarse ni más de una hora antes del amanecer ni más de una hora después del mediodía (Can. 821, § 1)





