miércoles, 4 de abril de 2018

Discurso de José María Permuy el 1º de Abril

 Discurso de José María Permuy el 1º de Abril, Día de la Victoria, en el Arco del Triunfo.

Celebramos hoy dos fechas gloriosas.
La primera y más importante: la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
La segunda: la victoria del 1 de abril de 1939.
Ambas están íntimamente relacionadas porque el 1 de abril de 1939, el triunfo de las tropas Nacionales, restauró sobre todo el territorio patrio el reinado social de Cristo resucitado, nuestro Dios y Soberano.

El 1 de abril supuso, ciertamente, la derrota del peligro comunista, que amenazaba con implantarse en España, tanto por instigación del PSOE, que postulaba abiertamente la instauración de la dictadura del proletariado, como del PCE, dirigido por el tirano Stalin desde la Unión Soviética.
Pero el 1 de abril fue más que una victoria frente al comunismo.
Fue, además, un freno y marcha atrás del liberalismo, ideología perversa, reiteradamente condenada por la Iglesia en todos sus grados (desde el más extremista hasta el más moderado) y en todas sus aplicaciones en la vida social (jurídica, política, económica…)
El liberalismo, que pretende destronar a Dios, apartándolo de la vida pública, para sentar sobre Su trono al hombre endiosado; que trata de sustituir la voluntad recta, santa y soberana de Cristo por la voluble y vulnerada voluntad general; que intenta excluir del gobierno de las naciones la inspiración y guía de la infalible Sabiduría divina para fundamentar la autoridad sobre el escepticismo, el relativismo y la duda.
El liberalismo, que es, de las distintas etapas o manifestaciones de la Revolución anticristiana iniciada en 1517 con la rebeldía de Lutero, la que más ha perjudicado a nuestra Patria, preparando el terreno, por medio de su laicismo y de sus injusticias sociales, para que el socialismo, el comunismo y el anarquismo pudieran sembrar y hacer fructificar sus semillas de odio en muchos trabajadores engañados a los que el liberalismo había despojado de su fe sobrenatural y de los más básicos bienes materiales.
El liberalismo, que bajo las máscaras de la democracia cristiana y del mal llamado liberalismo católico (el peor de los enemigos la Iglesia y del Reino de Cristo, según Pío IX), se infiltró en las instituciones del estado Nacional construido por el Caudillo, para demolerlo e imponer un nuevo régimen ateo, antinacional, democrático, capitalista y socializante.
El liberalismo que, promovido por las logias y por las organizaciones paramasónicas o criptomasónicas (Club Bilderberg, Comisión Trilateral, CFR, Hijos de la Alianza, ONU, UE, etc), tras la caída de la URSS, aliado con el socialismo y el comunismo conspira para establecer en todo el orbe un nuevo orden mundial, sincretista, antropocéntrico, globalista, plutocrático y totalitario.
El mundialismo. La última fase de la Revolución luciferina. La asombrosa conjura que une a ideologías y credos tan diversos y aparentemente contrarios entre sí (liberalismo, capitalismo, comunismo, socialismo, feminismo, islamismo, judaísmo, masonería, etc), contra el Imperio de Cristo, contra su Realeza Social, contra todo vestigio de Civilización Cristiana y cualquier intento de restaurarla. He ahí el enemigo poderoso que hoy, siguiendo el ejemplo de nuestros antepasados alistados en el Ejército, en los tercios del Requeté o en las Banderas de la Falange a las órdenes del Generalísimo Franco, debemos abatir.
No somos ilusos. La tarea es ardua. Pero no olvidemos que Dios es omnipotente.
Si combatimos por Él: por esta bendita tierra de María Santísima, España; con la esperanza puesta en su auxilio; antes o después, de un modo u otro, alcanzaremos la victoria.
Amigos, camaradas y correligionarios: con la mirada puesta en la Santísima Trinidad y en Nuestra Señora la Santa Patrona de España, repitamos la consigna con la que terminó su discurso Rafael Sánchez Mazas en el último de los mítines de la Falange antes de la Cruzada. ¡Cristo es nuestro Capitán General!
¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España!

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