jueves, 14 de diciembre de 2017

Digno de lástima y conmiseración

Digno de lástima y conmiseración

Ahí está. Rodrigo Andrés Lanza Huidobro. Un joven rico, de familia rica, de apellidos ilustres. Al que le gusta hacer la Revolución apoyado por la Presidenta de Chile, Bachelet; la Alcaldesa de Barcelona, Ada Colau; el líder de Podemos, Pablo Iglesias. Y un sin fin de okupas, podemitas, izquierdistas, separatistas y terroristas que le tienen como un héroe.
Un ecologista al que le gusta comportarse como un animal y convertir a los hombres en vegetales. Será que le tiene amor a la Naturaleza.
Ahí lo tenéis, con su estampa primitiva y prehistórica, como un hombre de las cavernas, pelánganos revueltos, mal afeitado, enjaretado de amuletos, pinchos y otros artificios propios de los hechiceros y las brujas.

Ay, que la cara es el espejo del alma.
Nació en Chile. Vino a España. Pudo comprobar, si hubiera querido, la maravilla de una civilización, de una cultura hispánica, del espíritu de una raza que lleva en sus apellidos y que grita en sus monumentos el genio que la caracteriza.
Pero no. Eso le molesta. Como a sus compatriotas chilenos que corrieron el mismo camino que él y pusieron una bomba en El Pilar y planeaban poner otra en Montserrat. A estos el Tribunal Supremo les rebajó la pena de 12 años a 4 años y medio hace justo un año.
Por eso odian todo lo español. Y aman vivir del cuento y a costa de los españoles. Se creen con derecho a todo. Y se sienten protagonistas de una aventura, idealistas, guerrilleros, luchadores contra el Sistema. Como si no fueran ellos mismos el más acabado y siniestro producto de ese Sistema. Se creen con derecho a todo, a okupar, a reventar  a los agentes del orden público, a matar a quien se diga y sienta español. Y a saber qué cosas más que habrá hecho en la oscuridad de su mundo tenebroso.
Actúan como alimañas rabiosas, como engendros y juguetes del demonio, conciencias deformadas y sin escrúpulos. 
Por eso mismo son dignos de lástima y conmiseración. Porque su situación espiritual es la peor posible. Porque están tan ciegos, obstinados y poseídos que no dejan lugar a la luz, a la razón, al arrepentimiento. 
No les ayudan, no, quienes les jalean. Quien mal anda, mal acaba. Y su triste destino es el Infierno por toda la eternidad. No es que yo lo quiera. Es que lo han querido ellos. Yo rezo por su conversión, que quizá pueda venir por algún destello de la Justicia humana. Que parece que se ve obligada a moverse cuando hay un muerto. Porque si pasa como me pasó a mí, que también me abrieron la cabeza con barras de hierro hace pocos años y vivo de milagro, según el forense, como no tuve la indelicadeza de morirme, la Policía no se molestó en encontrar a los culpables. Y cuando yo encontré a uno, todavía estoy esperando que la Policía o el Juez me diga algo de qué pasó con la causa. Porque no se molestan ni en informar a la víctima.

José Luis Corral

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