martes, 3 de junio de 2014

Se va el principal responsable de los males de nuestra Patria, por José Luis Corral




 Abdicar, ya había abdicado hace 38 años. Dejó de ser Rey Católico de las Españas en 1976, a los pocos meses de haber sido proclamado como Rey de una Monarquía Tradicional, Católica, Social y Representativa, jurando por Dios guardar y hacer guardar los Principios del Movimiento Nacional de la Cruzada de 1936, permanentes e inalterables por su propia naturaleza, y las demás Leyes Fundamentales del Reino. Al perjurar, rompía la legitimidad de origen. Al gobernar y firmar leyes contra la Ley Natural y la Ley Divina, perdía la legitimidad de ejercicio. Ha ocupado el Trono, sin sentarse jamás en él. Y ha detentado, usurpado, la Corona de España, que nunca ciñó en sus sienes.

Muy pronto se dio a la perjura labor de desmontar aquel Régimen que tanta paz y prosperidad habían dado a la Nación, para sustituirlo por una democracia liberal al gusto de los amos del mundo, masones, sionistas, capitalistas sin escrúpulos en contubernio con el siniestro comunismo que afligía con su yugo infernal a un tercio de la humanidad. Es lo que denunció Franco desde el balcón de la plaza de Oriente el 1 de Octubre de 1.975.

Quizá no se imaginaba el Caudillo que el contubernio llegaba hasta el balcón donde él se dirigía a la muchedumbre fervorosa del pueblo español que le aclamaba.

Tras la Ley de Asociaciones que introducía los nefastos partidos de tan tristes recuerdos, mafias destinadas a subyugar el suelo patrio, venía la Ley de Reforma Política, que establecía el sufragio universal como último referente moral, independizando las decisiones políticas de cualquier principio natural o religioso. Ya cualquier cosa podía ser posible con tal de que físicamente fuera posible.

Claro que él sólo no habría podido, si no hubiera tenido la eficaz ayuda de sus sayones en el Gobierno, el Ejército, la Iglesia y las Cortes. Suárez, Gutiérrez Mellado, Tarancón y Fernández-Miranda serían los cuatro jinetes del Apocalipsis que desatarían todo el infierno sobre la tierra, la llamada democracia, apócope de la demoniocracia.

Tampoco habría sido posible sin esa piara de eunucos que votaron favorablemente esas leyes en las Cortes, haciendo el “harakiri” del Régimen. Piara que todavía se refocila de gusto en su propio excremento cuando recuerdan el día que Suárez les bajó los pantalones y les sodomizó hasta romperles los esfínteres políticos y morales. Ellos lo llaman “sacrificio generoso para traer la democracia”, reclamando su paternidad, aunque luego “se torciera”.

Excepciones hubo, claro que sí. Los 59 noes, con Blas Piñar, Girón y Raimundo Fernández-Cuesta a la cabeza.

Los militares convirtieron la disciplina y la ordenanza en el máximo valor militar. Ni se rebelaron ante la traición ni lo harían ya nunca más. La impasibilidad es su gesto principal. Nada les altera, ni el terrorismo, ni la invasión, ni el desafío separatista, ni la ruina económica y moral, ni su propia desaparición si así lo manda quien mande. Ellos a obedecer. Da igual que sea un Roldán ladrón al frente de la Guardia Civil. Que una señoritinga separatista. Que un genocida. Se obedece y punto. Tanto si mandan retirar estatuas del Caudillo como lápidas de los Caídos. O impedir el paso de cualquier cosa que tenga los colores rojo y amarillo en el Valle de los Caídos. Si tienen que bombardear Libia o Serbia, basta que lo mande el mundialismo y punto pelota.

También hubo excepciones, como Tejero y los leales del 23-F.

Ni las jerarquías eclesiásticas quisieron ser proféticas. Olvidaron el exorcismo y la excomunión y prefirieron arrastrarse como caracoles por el río de baba de su adulación al poder. Prodigaron abrazos y lisonjas, dejando que el rebaño fuera pasto de los lobos y usando el cayado más bien contra los mastines que lo cuidaban.

Salvados, Guerra Campos sobre todos, Don Marcelo con reparos y los 7 Obispos restantes del No a la Constitución.

Una Constitución, la del 78, que recogió esos principios liberales, los que nuestro pueblo combatió en la Guerra de la Independencia, en las guerras carlistas y en la Cruzada Nacional de Liberación. Una Constitución que multiplicó los males al eliminar la pena de muerte y la cadena perpetua para los terroristas; al crear el Estado de las Autonomías, reconociendo unas supuestas nacionalidades que se han ido recreciendo y que reclaman abiertamente su independencia, que significa la ruptura de España. Sin que haya un gesto gallardo y terrible de quien debiera afrontar el desafío, que prefiere irse aprisa y corriendo.

Asustado por el rumbo de los acontecimientos, el protagonista de la espantada del 2 de junio recurrió a los militares el 23 de Febrero de 1981, según sabíamos ya desde entonces y ha vuelto a confirmar en su libro Pilar Urbano, recogiendo otra vez lo que ya sabíamos de sobra por Sabino Fernández-Campo, a la sazón Jefe de la Casa, y otros personajes del entorno. Más asustado todavía por la negativa de Tejero a permitir un Gobierno de concentración con los mismos autores del desastre, así como por las amenazas de sus superiores internacionales, dio marcha atrás y dejó a esos militares en la estacada, habiendo ellos de pagar con duras condenas su ingenua confianza en el felón por excelencia.

A partir de ahí, a firmar lo que le echaran, siendo así que se podía haber negado sin que hubiera habido ningún tipo de responsabilidad o consecuencia legal. Vino el aborto, que ha llegado a consumar el sacrificio de 120.000 niños anualmente, asesinados legalmente en el vientre de sus madres. Ese holocausto y el control de la natalidad han diezmado nuestra natalidad. Más que diezmado, desintegrado, atomizado, puesto que diezmar es sucumbir sólo un 10 por ciento. Quizá esa proporción la consiguió la droga, desconocida antes.

Así se destruyó la familia, con la despenalización del adulterio, con la legalización del divorcio, con las ideologías de género que han ido destrozando el sagrado vínculo del matrimonio y el núcleo vital de la familia. Como consecuencia, una invasión migratoria sin precedentes, desencajando el tejido social y creando ghettos, dejando a los españoles como extranjeros en su propia tierra. Con el escarnio añadido de una población en paro y en trabajo precario por la competencia desleal de esa mano de obra tercermundista que consume ávidamente los recursos sociales acumulados por docenas de años de cotizaciones y sacrificios de los españoles.

Así se instauraron las mafias, las redes de delincuencia, que ensombrecen la vida diaria del pueblo español, cada vez más viejo y resignado, cada vez más sometido a las consignas de los medios de comunicación, verdaderamente expertos en técnicas de lavado de cerebro.

Las sectas, la corrupción, la blasfemia, el homosexualismo, el suicidio, la eutanasia todavía disimulada, la mentira, la manipulación histórica, las violaciones, la violencia de género, el despilfarro, el saqueo impositivo, el feísmo y la maldad completan el cuadro democrático presidido por Juan Carlos de Borbón.

Ya se va, aunque sea a 4 patas. En buena hora. Sin dar gracias a Dios, sin pedirle nada, sin nombrarlo. Mejor así, nos ahorramos una hipocresía  más. Será un pequeño alivio en este infierno democrático del que él es el principal responsable, no tener que soportarle y aguantarle a todas horas. Un alivio que no haya llegado a estar en el poder tanto tiempo como Franco. Se cumple la maldición del 20-N en la Plaza de Oriente, pero todavía no está consumada:

Maldito. Maldito sea. Maldito sea por siempre. Maldito sea su nombre. Maldita sea su estampa. Maldito sea en la vida. Maldito sea en la muerte. Maldito. Maldito sea. Maldito sea por siempre.

José Luis Corral